Me duele la muy maldita. Ya casi no tengo escapes mentales para evitarla a diario. Hasta hace un tiempo trataba de hacer triquiñuelas mentales para evitar pensar en ella directamente. Pero me ha vencido. Y es ahora cuando pienso “ella o yo”. Probablemente sea una verdadera estupidez, porque las dos SOMOS UNA. Desde que recuerdo mi existencia en esta vida, ella está presente condicionando cada miserable o feliz momento que he vivido.
En este exacto instante en el que escribo esto, tengo un tremendo dolor en la columna que no puedo dejar de sentir. Es como si las vertebras se me hubieran abierto o lesionado de alguna forma. Claro, estuve cometiendo el tremendo pecado de limpiar y eso se paga caro. Cada vez que limpio, ordeno o hago cualquier actividad que suponga esfuerzo físico ¡zaz! la muy maldita me ataca, me duele. ELLA ME DUELE. Ya casi ni quiero decir su nombre. Vivo condicionada a no mencionarla, porque el hombre con el que vivo dice que lo único que hago es hablar de enfermedad. Lo hace y lo dice (por fin acá tengo un espacio de intimidad donde poder decirlo abiertamente) PORQUE ES UN COBARDE. Es más simple atacarme (aunque sea con dulzura y suavemente creyendo que me ayuda al negarlo) que tomar conciencia de que YO SUFRO.
En fin. ELLA hace y deshace. Me deprimo de a ratos, de a días. Pero no más que eso. Lástima que los ratos sean continuos y los días sean uno detrás del otro.
Menos ganas tengo de todo cada minuto. A veces me odio. A veces la odio.
Y para peor de mis males, él, “el cobarde”, NO QUIERE TENER HIJOS. Y yo sí.
No sé cuánto tiempo voy a durar así. AHORA ELLA Y ÉL (ambos) ME EMPUJAN POR EL PUTO BALCÓN QUE ESPERA POR MÍ DESDE QUE LLEGUÉ AQUÍ.
estoy mal, lo sé…

